25.2.23

LA AUTODETERMINACIÓN EN EL SAHARA OCCIDENTAL, ¿CONSULTA O PRETEXTO PARA OCULTAR UNA INVASIÓN?

 

 por Abderrahman Buhaia

Cuando se habla de la invasión (que no el conflicto, por mucho que algunos quieran verlo así) del Sahara Occidental, casi siempre sale a relucir la palabra autodeterminación.
Nada más mencionar esta simple palabra aguda (que no lo es en sentido literal, sino en sentido gramatical por llevar tilde en la última sílaba) se desata una especie de carnaval en forma de declaraciones –por parte de políticos– y opiniones –por parte de algunos medios de comunicación– en el que cada uno elige el disfraz que, a su entender, más le conviene.
La naturalidad con la que algunos sacan de contexto este simple término (que no entraña ninguna complejidad) ignorando –intencionada y conscientemente su verdadero significado –es asombrosa.
Se desempeñan tan bien en su actuación que uno llega a pensar que la palabra autodeterminación es para ellos una palabra tabú, y que están seguros que han conseguido que también lo sea para los demás.
Señores, están hablando del Sahara Occidental y de su pueblo. Del antiguo Sahara español. Aquél trozo de desierto en cuyas dunas de poniente fenecen las olas del Atlántico, y en sus páramos de levante, hoy, la dignidad se abre paso, a pecho descubierto, entre las minas de fragmentación y las bombas de los aviones de combate (F16 Fighting Falcon); y que otrora fue (declarado en 1958, tres años después del ingreso de España en la ONU) la provincia 53 del Estado español. O es que se han olvidado?
En este sentido, asumimos la parte de culpa que nos corresponde por haberle dado (ingenuamente) al Majzen una tregua de –nada más y nada menos– 29 años en la guerra que iniciamos (cuando nuestra tierra fue invadida por las huestes de Hasan II) en 1975.
En todo caso, independientemente de lo que piensen unos y otros y de lo que tratan de inducirnos a pensar; vamos a abordar, con claridad cristalina, la cuestión de la autodeterminación y en qué medida concierne a cada cual.
El 11 de diciembre de 1963, la Asamblea General de Naciones Unidas adopta la resolución 1956 (XVIII) que incluye el Sahara español en la lista de Territorios No Autónomos (TNA) en espera de descolonización, y reafirma el derecho de autodeterminación de la población autóctona, mediante la aplicación de la resolución 1514(XV) de la Asamblea General de Naciones Unidas intitulada “Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales”. El 20 de diciembre de 1966, en su resolución 2229(XXI), la Asamblea General de Naciones Unidas insta a la potencia administradora (España) a determinar lo antes posible, de acuerdo con la aspiración del pueblo indígena del Sahara español, las modalidades de organización de un referéndum auspiciado por Naciones Unidas, para que pueda ejercer libremente su derecho a la libre determinación.
El 20 de agosto de 1974, España informa a la ONU que tenía la intención de celebrar un referéndum en el Sahara Occidental bajo los auspicios de Naciones Unidas.
El 13 de diciembre de 1974, la Asamblea General de Naciones Unidas adopta la resolución 3292, mediante la cual decide enviar al Sahara Occidental una misión visitadora compuesta por tres miembros: Simeon Aké , embajador en la ONU de Costa de Marfil; Marta Jiménez Martínez, diplomática cubana y Manouchehr Pishva, de Irán.
Esta Misión, llega al Aaiún el 12 de mayo de 1975. Después de recorrer (a lo largo de una semana) el territorio en su totalidad (de norte a sur y de este a oeste); y visitar los países limítrofes, concluye: “La población del Sahara español, al unísono, está claramente a favor de la independencia”.
Asimismo, llega a la conclusión de que el FRENTE POLISARIO es el verdadero y legítimo representante del pueblo saharaui, lo cual quedó evidente en las manifestaciones multitudinarias con las que fue recibida –en las que todos los manifestantes portaban la bandera del Frente– destacando especialmente la manifestación del Aaiún (el 13 de mayo) que congregó a 15.000 personas (el 20 por ciento de la población del territorio).
El 16 de octubre de 1975, la Corte Internacional de Justicia emitió un dictamen jurídico según el cual, por un lado, el Sahara Occidental no era una tierra sin amo (terra nullius) en el momento de la colonización por el Reino de España y, por el otro, la inexistencia de vínculos de soberanía territorial entre el Sahara Occidental, ni con el Reino de Marruecos, ni con el Conjunto Mauritano. Por tanto, la Corte no ha constatado la existencia de vínculos jurídicos que puedan modificar la aplicación de la resolución 1514(XV) de la Asamblea General de Naciones Unidas con respecto a la descolonización del Sahara Occidental y, en particular, la aplicación del principio de libre determinación, gracias a la expresión libre y auténtica de la voluntad de la población del territorio.
A principios de noviembre de 1975, el Rey de Marruecos, viendo que había fracasado estrepitosamente en la batalla diplomática (ante la ONU) y en la jurídica (ante la Corte Internacional), y aprovechando que Franco está en el umbral de la muerte y no puede hacerle frente, decide redoblar la presión sobre España invadiendo –literalmente– el Sahara Occidental.
350.000 civiles marroquíes, protegidos por las FAR, serían lanzados contra la frontera norte del territorio.
La invasión del Sahara Occidental con esta masa humana hambrienta, monitorizada por las FAR, no ha sido improvisada. El maquiavélico Hasan II, consciente de su carencia de argumentos válidos que justifiquen sus propósitos de anexión, hace meses que la estaba organizando, bajo las instrucciones directas de Henry Kissinger (Secretario de Estado de EE.UU.) y el apoyo de Arabia Saudí (que se encargaría de su financiación).
El Presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, está pendiente del Movimiento Nacional y de la incertidumbre que se cierne sobre su futuro inmediato, y se muestra vacilante e inseguro en su forma de capear el temporal, procedente de su vecino del sur, que amenaza con arrasarlo todo.
Superado por las circunstancias, y con el beneplácito del Príncipe Juan Carlos de Borbón –entonces Jefe de Estado interino– estaba negociando en secreto la venta del Sahara a Marruecos.
El 2 de noviembre, el Príncipe Juan Carlos de Borbón visita inesperadamente El Aaiún, para contrarrestar el fuerte malestar del Ejército (cuya disposición y motivación contrastaba con la confusión y opacidad de las órdenes que recibía de sus mandos) y declaraba: “España mantendrá sus compromisos y tratará de mantener la paz. Deseamos proteger los legítimos derechos de la población saharaui, ya que nuestra misión en el mundo y nuestra historia lo exigen”.
La promesa solemne que el Príncipe Juan Carlos de Borbón había hecho, en el Sahara Occidental, aquél primer domingo de noviembre de 1975; es exactamente la misma que había hecho el general romano Servio Sulpicio Galba el año 150 a.C. en Lusitania.
Galba prometió a los intrépidos guerreros lusitanos que cumpliría fielmente el tratado de paz que sus caudillos habían firmado con Marco Atilio Régulo, y que les entregaría tierras donde podrían instalarse con sus familias; pero les exigió entregar sus armas en señal de amistad. Cuando lo hicieron, fueron rodeados por el ejército y masacrados cruelmente: 9.000 fueron acuchillados y 20.000 vendidos como esclavos a las Galias.
El indeciso y atribulado Arias Navarro y el Príncipe Juan Carlos de Borbón, estaban dando los últimos retoques a su plan de compraventa del Sahara Occidental. Lo hacían no solo a espaldas del pueblo español, del pueblo saharaui y de los militares destacados en el Sahara; sino también a espaldas del embajador de España en la ONU, el señor Jaime de Piniés, a quién reiteraban que España se mantendrá firme en su responsabilidad como potencia administradora del territorio. El 11 de noviembre (de 1975), a las nueve de la noche, Jaime de Piniés (que a esa hora estaba trabajando en su oficina de Nueva York) es requerido por Kurt Waldheim (Secretario General de Naciones Unidas).
Quince minutos después, estaba en su despacho, en el piso 38 del edificio de la ONU.
Waldheim, sin andarse con rodeos, le manifiesta: “Puesto que ya no resistís la presión y queréis marcharos del Sahara, yo me haré cargo del territorio y lo llevaré a la autodeterminación.
Solo necesito que me dejéis provisionalmente un contingente militar de 10.000 legionarios a los que colocaríamos bajo bandera de la ONU”.
A Jaime de Piniés le parece una idea formidable y le asegura que no puede estar más de acuerdo. Es una salida magnífica al órdago lanzado por Hasan II.
El secretario general le advierte: “Debemos evitar, a toda costa, que el plan se filtre al gobierne marroquí, de lo contrario lo boicoteará, como ha hecho con otros anteriores”.
El día 13, Waldheim entregó al embajador español un documento, escrito en francés, en el que se especifican todos los detalles del plan, que se resumen en lo siguiente:
España anunciaría su retirada del Sahara en una fecha por determinar. La ONU asumiría entonces la administración del territorio por un período de seis meses. En ese tiempo crearía una administración temporal, bajo la autoridad de un alto comisario, que estaría auxiliado por un grupo reducido de funcionarios. Para mantener el orden, España dejaría 10.000 legionarios que sustituirían su gorra verde por el casco azul de Naciones Unidas.
Ese mismo día, Jaime de Piniés transmitió el documento al Ministerio de Asuntos Exteriores con carácter urgente.
Pero el gobierno no le prestó ninguna atención. Un día antes, el 12 de noviembre, había llegado a Madrid una delegación marroquí de alto nivel, encabezada por Ahmed Osman, primer ministro (y cuñado) de Hasan II, y estaba culminando con el gobierno de Arias Navarro la operación de compra (más bien la entrega sumisa y servil) del Sahara Occidental.
El 14 de noviembre de 1975, se consumó la traición. España había firmado el deshonroso acuerdo tripartito de Madrid. Un acuerdo que violaba manifiestamente la carta de Naciones Unidas y el derecho internacional. Conscientes de ello, los firmantes, por vergüenza, decidieron plasmar, bajo el título de secretas, la mayoría de sus cláusulas. En este acuerdo (reparto de botín de saqueo, en realidad), a Marruecos le tocó la parte del león; a Mauritania (cuya presencia era meramente testimonial, por no decir casi nula) le tocó la parte más pobre del territorio; y a España (como siempre cuando negocia con el Majzen) le tocó lo peor: la indignidad y la deshonra. Eso es lo único que consiguió España a cambio de su traición, amén de la pequeñez y el desprestigio internacional.
Jaime de Piniés, sintiéndose traicionado (y mancillado el honor de su país) por su propio gobierno, presenta su renuncia al ministro de Asuntos Exteriores Pedro Cortina Mauri.
Solo desistió de su decisión, cuando el ministro le comunica que todavía existe la posibilidad de dejar clara constancia ante la ONU, de que la descolonización del Sahara Occidental únicamente estará concluida, cuando el pueblo saharaui ejerza su derecho legítimo a la libre determinación.
El 28 de noviembre, Jaime de Piniés comparece de nuevo ante la Asamblea General de Naciones Unidas y logra que el 10 de diciembre de 1975 la Asamblea adopte la resolución 3458(XXX) que “reafirma el derecho inalienable del Sahara Occidental a la autodeterminación y la independencia, de acuerdo con la resolución 1514(XV) de la Asamblea General de Naciones Unidas, constatando que este derecho debe ejercerse libremente bajo los auspicios de la ONU”.
En los anales de la historia, quedarán como responsables de la traición al Sahara Occidental, en primer lugar, el Príncipe Juan Carlos de Borbón (Jefe de Estado interino en aquél entonces. Huelga decir que durante el franquismo el Jefe del Estado tiene la última palabra); y, en segundo lugar, el Presidente del Gobierno Carlos Arias Navarro.
Ni siquiera Franco, por muy dictador que fuera, hubiera permitido semejante infamia, ya que (y esto está documentado) hasta su último aliento de vida, dio órdenes de no ceder, bajo ningún pretexto, a la presión de Marruecos.
El pueblo saharaui, englobado en el FRENTE POLISARIO, con sus propios y escasos medios (pero con una voluntad férrea) tuvo que enfrentarse, solo, a la invasión bárbara que asolaba su tierra; igual que lo hizo en su día –después de la traición de Galba– Viriato (y su pueblo), cuando se enfrentó a las colosales legiones romanas que subyugaban Lusitania. Juan Carlos I, inició su reinado con una traición flagrante que quedará, para siempre, como una mancha indeleble en la historia de España y en su honor como nación. Kurt Waldheim le brindó la oportunidad, no solo de salir del Sahara con la cabeza bien alta, sino también de demostrar que en los momentos más difíciles es cuando emerge la grandeza de un país y la valía de sus gobernantes; pero prefirió, atendiendo a intereses espurios y cortoplacistas (además de quiméricos), elegir la senda del deshonor y la ignominia.
Pero lo más sorprendente y lo que desconcierta a todos, es que los sucesivos gobiernos surgidos en la democracia siguen soslayando e ignorando esta injusticia histórica, como si obrando así, va a dejar de existir.
Medio siglo después, no solo no ha dejado de existir, sino que cada día es más visible; y cada día que pasa debilita más a España como nación, porque, siendo copartícipe en semejante crimen, ningún país se atreve a mirarse en el espejo de la Historia y mucho menos dormir con la conciencia tranquila. Y lo peor es que El Majzen lo sabe y de ello se aprovecha. Muchos políticos españoles se preguntaban –en 2018– cómo es posible que España, siendo la cuarta economía europea y la decimocuarta del mundo, no tenga ningún protagonismo en la esfera internacional. La respuesta es bien sencilla: No se puede ser héroe y villano a la vez.
Sí, sabemos que el poder económico es sinónimo de poder político, pero, como se suele decir –y con razón– “el dinero no lo compra todo”. Existen valores que constituyen la esencia misma del ser humano, que, cuando se pierden, éste se convierte en una insignificante materia inerte. Esto es también aplicable a los Estados.
Para destacar y tener protagonismo internacional, primero hay que recuperar la credibilidad y el prestigio que se perdió el 14 de noviembre de 1975. Cómo se consigue esto último: Haciendo que las aguas vuelvan a su cauce.
Tal vez me haya extendido relativamente en los acontecimientos de finales de 1975, pero creo que era oportuno hacerlo, ya que considero que revisten especial relevancia para entender las claves de la guerra del Sahara, que va camino de convertirse en una guerra centenaria.
Volviendo al tema central de este artículo –la autodeterminación– hemos de señalar:

1‒ Como ha quedado meridianamente claro, la libre determinación es, ante todo, un derecho natural que le asiste al pueblo del Sahara Occidental, reconocido y ratificado por sendas resoluciones de Naciones Unidas y por la Corte Internacional; y como tal, está fuera de toda discusión, y no puede ser puesto en entredicho (ni en debates, ni en tertulias, ni en coloquios de ningún tipo), porque (no lo olvidemos) las resoluciones de Naciones Unidas son vinculantes, es decir, son de obligado cumplimiento.
2‒La autodeterminación, la expresión libre y auténtica de la voluntad del pueblo saharaui concierne únicamente a:
a) Al pueblo del Sahara Occidental, que tiene una identidad propia, bien diferenciada
de cualquier otro.
b) Al Estado español, en cuanto a su responsabilidad como potencia colonial que, por mandato de Naciones Unidas, tiene la obligación de efectuar la descolonización del Sahara Occidental.
3‒Marruecos, con respecto al Sahara Occidental, es un país invasor –como lo fue en agosto de 1990 Irak, con respecto a Kuwait; y como lo es actualmente Rusia, con respecto a Ucrania– y, por consiguiente, es completamente ajeno al ejercicio del derecho de autodeterminación en el Sahara Occidental.

Esto debe quedar bien claro, a pesar de la (inmoralmente) visión selectiva que tienen los países (considerados poderosos), de algo tan atroz como es la invasión y el genocidio.
Me pregunto dónde está su poder, si no son capaces, no ya de decirle a un genocida que lo es, sino, ni tan siquiera de abstenerse, en alentarle y en encubrir sus crímenes. No son poderosos, son esclavos de su poder.
El 27 de febrero de 1976, España, incumpliendo su deber como potencia administradora del territorio, abandonó el Sahara Occidental. Ese mismo día, hallándose en plena contienda con el ejército invasor, el pueblo saharaui proclama la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) que, posteriormente, sería reconocida por más de 80 países (de África, América Latina y Asia); y en 1982, pasaría a ser miembro de pleno derecho de la Organización para la Unidad Africana (OUA).
En protesta por la incorporación de la RASD, Marruecos abandona la OUA en 1984.
El 26 de mayo del 2001, se crea la Unión Africana (UA), remplazando a la OUA. La presencia de la RASD en la UA se consolida, ya que es uno de los miembros fundadores de la misma.
En julio de 2016, Marruecos solicita el ingreso en la UA y es admitido el 30 de enero de 2017.
En el Boletín Oficial del Reino de Marruecos, con fecha 31 de enero de 2017, haciendo oficial su ingreso en la UA, se puede leer: “Conforme al Decreto Real Nº 1.17.02, se publica el Acta Fundacional de la Unión Africana”. El acta, incluye la relación nominal de los países miembros (fundadores) que la han ratificado (precediendo a cada país las palabras PRESIDENTE DE). En el número 39 de esta relación (que, repito, se publicó en el Boletín Oficial del Reino) aparece PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ÁRABE SAHARAUI DEMOCRÁTICA.
Es decir, con el Decreto Real Nº 1.17.02, publicado en el Boletín Oficial del Reino, Marruecos reconoce, explícitamente, la República Árabe Saharaui Democrática.
Marruecos se excluyó de la organización panafricana en 1984. 32 años después, a su pesar, tuvo que volver al redil, solo que esta vez lo hizo, reconociendo expresamente, al país cuya presencia motivó su exclusión de marras.
El eurodiputado Juan Fernando López Aguilar declaró recientemente: “en la relación con Marruecos, si hace falta, hay que tragarse sapos”. En esta ocasión, es Marruecos quién ha tenido que tragarse sapos, porque tiene enfrente a los saharauis, y no a alguien del PSOE.
Recapitulando, España (incumpliendo las resoluciones de la ONU) abandonó el Sahara Occidental sin concluir la descolonización. Acto seguido, Marruecos invade el territorio, lo cual deriva, lógicamente, en una guerra que los saharauis tienen que librar (y continúan librando) para liberar su tierra. Reducir todo esto a una simple cuestión de autodeterminación, es sembrar la confusión (manipulando la opinión pública) y solapar una invasión atroz, en la que Marruecos convirtió el Sahara Occidental en un descomunal campo de concentración (cercado por el mayor campo minado del mundo, cuya escalofriante longitud es de 2720 Km).
Una macabra y enorme piscifactoría humana, en medio del desierto, en la que los peces (cuyo alimento es la tortura y la represión) son niños, mujeres y ancianos; y en la que El Majzen hace y deshace a su antojo, a plena luz del día, ante la indiferencia y la pasividad del mundo.
Lo que intento dar a entender con esta (espero que lo sea) exhaustiva explicación, es que el término que debe aparecer en primer plano cuando se habla del Sahara Occidental es la palabra invasión, que es lo que realmente aconteció (y sigue aconteciendo) en el Sahara; y no el término autodeterminación, ya que, como hemos detallado anteriormente, el derecho de la libre determinación, solo incumbe al pueblo saharaui y a España como potencia administradora; mientras que Marruecos es el país invasor con el que estamos en guerra; porque, insisto, la invasión del Sahara Occidental por Marruecos, atendiendo a criterios jurídicos, políticos y geográficos (que son los que deben primar), tiene exactamente la misma consideración que la invasión de Kuwait por Irak; y la invasión de Ucrania por Rusia.
Por otro lado, en qué consiste la autodeterminación: Consiste en consultar al pueblo saharaui si opta por la independencia o no. A esta pregunta, los saharauis respondieron clamorosamente (y sin ningún género de dudas) que sí, ante la Misión de Naciones Unidas el 12 de mayo de 1975. Y para más claridad del SÍ A LA INDEPENDENCIA, empuñaron las armas (y lo siguen haciendo) para enfrentarse al ejército invasor.
Entonces, a qué viene sacar a colación el término consulta (autodeterminación). Además de ofensivo y zahiriente, es un sarcasmo siniestro preguntarle a alguien (que está tratando de contener una invasión derramando la sangre de sus mejores hijos en el campo de batalla), si acepta ser esclavo del régimen policial y terrorista que ha usurpado su tierra.
Es insólito, cuando no irritante, escuchar frases como: “tal o cual formación política no apoya una moción sobre la autodeterminación en el Sahara Occidental”, “Marruecos no aceptará la autodeterminación”.
Proferir frases de este tipo es caer de lleno en el ridículo más absoluto, ya que, lo que denotan, es pura ignorancia e ineptitud total; o seguidismo mezquino y cobarde de la propaganda majzení; o ambas a la vez.
En la misma línea, vemos cómo algunos periodistas intercalan en sus crónicas las palabras “independentistas saharauis”, en una notoria y alevosa intención de crear un paralelismo inexistente entre Cataluña y el Sahara Occidental, manipulando (de forma sibilina y maquiavélica) la opinión pública, y distorsionando la realidad para favorecer las tesis falaces del Majzen. Digo maquiavélica porque es un mensaje envenenado que se introduce de forma subliminal e imperceptible.
Es un verdadero despropósito ver, cómo los políticos y algunos medios de comunicación, incurriendo, sin inmutarse, en la incoherencia ética y política más evidente; desvían la atención de la invasión del Sahara Occidental con el sarcasmo perverso de la consulta; mientras condenan con vehemencia (hoy) la invasión de Ucrania y (ayer) la de Kuwait.
Lo que tienen que tener bien claro los políticos, comunicadores y opinadores, es que el Reino de Marruecos está en guerra (desde 1975) con la República Árabe Saharaui Democrática (reconocida por él mediante el Decreto Real Nº 1.17.02, publicado en el Boletin Oficial del Reino el 31 de enero de 2017); y que solo reinará la paz en el Sahara Occidental cuando el último soldado marroquí haya traspasado (hacia el norte) el paralelo 27° 40´(frontera de la RASD con Marruecos).

24/02/2023
Abderrahman Buhaia
abder333[at]hotmail.com

-------------- Este texto expresa la opinion del autor y no de los moderadores del foro.


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22.2.23

IL EST PLUS PROBABLE POUR LE MAROC D’EXCLURE LES DIRIGEANTS GÉRONTOCRATES SAHRAOUIS DE LA RASD, QUE D’EXCLURE LA RASD DE L’UNION AFRICAINE !

par Maître Takioullah Eidda

Le Maroc essaie désespérément avec ses alliés d’exclure la RASD de l’UA.

Pour se faire, il organise des forums, des conférences lesquels il scintille et attribue des noms fantasmatiques, comme «TANGER», «LIVRE BLANC» et des titres médiavaux comme «CONCLAVE», et j’en passe, mais rien n’y fait. Et pour cause!

Pour son fonctionnement, l’Union africaine (UA) dispose de plusieurs organes énumérés à l’article 5 de son Acte constitutif.

De ces organes, c’est la Conférence de l’Union qui décide souverainement, selon l’article 7 de l’Acte, par consensus ou, à défaut, à la majorité́ des deux tiers des États membres de l’Union.

Les pouvoirs de la Conférence, en fonction desquels elle peut décider, sont énumérés aux articles 9 & 23 de l’acte, que je reproduis ci-dessous:

"Article 9:
1. Les pouvoirs et attributions de la Conférence sont les suivants
(a) Définir les politiques communes de l’Union;
(b) Recevoir, examiner et prendre des décisions sur les rapports et les recommandations des autres organes de l’Union et prendre des décisions à ce sujet;
(c) Examiner les demandes d’adhésion à l’Union;
(d) Créer tout organe de l’Union;
(e) Assurer le contrôle de la mise en œuvre des politiques et décisions de l’Union, et veiller à leur application par tous les États membres;
(f) Adopter le budget de l’Union;
(g) Donner des directives au Conseil exécutif sur la gestion des conflits, des situations de guerre et autres situations d’urgence ainsi que sur la restauration de la paix;
(h) Nommer et mettre fin aux fonctions des juges de la Cour de justice."

"Article 23: Imposition de sanctions
1. La Conférence détermine comme suit les sanctions appropriées à imposer à l’encontre de tout État membre qui serait en défaut de paiement de ses contributions au budget de l’Union: privation du droit de prendre la parole aux réunions, droit de vote, droit pour les ressortissants de l’État membre concerné d’occuper un poste ou une fonction au sein des organes de l’Union, de bénéficier de toute activité ou de l’exécution de tout engagement dans le cadre de l’Union
2. En outre, tout État membre qui ne se conformerait pas aux décisions et politiques de l’Union peut être frappé de sanctions notamment en matière de liens avec les autres États membres dans le domaine des transports et communications, et de toute autre mesure déterminée par la Conférence dans les domaines politique et économique."

À la lumière de ces disposition, nulle part il n’est fait mention à l’exclusion, ou même du gèle, du statut d’un État membre de l’UA.

Outre le retrait volontaire prévu à l’article 31, la seule possibilité qui existe actuellement, aux termes de l’Acte constitutif de l’Union Africaine, est la suspension d’un État membre selon l’article 30 dans le cas d’une prise de pouvoir par la force «des moyens anticonstitutionnels (Coup d’État)», ce qui n’est évidemment pas le cas de la RASD, bien qu'elle est otage de ses dirigeants!

En conclusion, quels que soient les arguments du Maroc, ses intentions, son jeu folklorique, et, quoi qu’en disent ou promettent ses alliés au sein de l’Union Africaine (le Sénégal, la Côte-d’Ivoire et les autres), il est impossible pour lui de suspendre, de geler, d’exclure, et encore moins d’éjecter la RASD de l’Union Africaine suivant son Acte constitutif actuellement en vigueur.

Même les Protocoles sur les amendements adoptés à Maputo le 11 juillet 2003 et à Malabo le 27 juin 2014, lesquels sont encore en attente de ratification, n’y changent quelque chose à cet égard!

La RASD jouit donc d’un droit acquis au sein de l’Union Africaine, de sorte que le Maroc doit accepter de siéger "GENTIMENT" avec elle, bien qu'il est incapable, ou carrément suspendre son adhésion de cette organisation, avec les conséquences qu’il connait.

Tout le reste n’est que du mensonge, parasitisme, du tapage médiatique et du folklore de "Nass El’Ghaywan", auxquels nous a habitué le Maroc depuis toujours!

Maître Takioullah Eidda, avocat
Montréal, Canada
eidda.avocat[at]hotmail.com

--------------  Ce texte exprime l'opinion de l'auteur et n'engage pas les modérateurs du forum.


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